Solo para empresas que ya tienen presupuesto de marca
y aun así no se diferencian cuando alguien las ve
Rediseño tu marca en el momento exacto en el que alguien decide, para que dejes de competir por atención y empieces a salir elegido.
Trabajo con marcas como Sanofi, Louis Vuitton, Chanel y Dior
La inversión está hecha. La pieza está en su sitio. Y al pasar a verla en directo notas que no llama. Que la gente la mira de reojo y sigue.
Ves a marcas con menos historia, menos presupuesto y menos producto detrás llevándose la atención. Y no entiendes exactamente qué están haciendo distinto.
Internamente nadie te lo dice claro, pero notas que lo que estás presentando no transmite el nivel real de la empresa. Y cada vez que lo ves, te incomoda.
Cuando pides explicación, te hablan de gusto, de tendencia, de "queda elegante". Nadie te explica por qué la pieza tendría que funcionar — solo por qué les parece bonita.
Hay dos momentos donde tu marca se juega ser elegida o ser ignorada. Cada uno se trabaja distinto.
Para empresas con producto físico en distribución que compiten en lineales y necesitan que el comprador elija el suyo en el momento exacto en que está delante.
Trabajo el packaging, los glorificadores, los expositores y la cartelería para que el producto destaque por criterio estratégico, no por gusto.
Ver cómo trabajo PDV ↓Para empresas con departamento de marketing propio que organizan eventos recurrentes y necesitan que la marca quede grabada en la cabeza del asistente — no solo que el evento "quede bonito".
Trabajo el eje de comunicación, el concepto gráfico y todas las piezas del evento para que sea tu empresa la única que el asistente recuerde.
Ver cómo trabajo eventos ↓En el lineal nadie se para a comparar. Hay otras cinco marcas compitiendo por la misma mano y la decisión se toma en segundos.
Cuando el packaging se separa del lineal donde va a competir, deja de ser una herramienta de venta y se convierte en envoltorio. Por eso aquí se trabaja al revés: primero el lineal, después la pieza.
Una forma de presentar tu producto en el lineal pensada para que el comprador lo elija en el momento exacto en el que está delante, no para que parezca premium en una presentación interna.
Vamos al punto de venta donde compite tu producto y lo miramos como lo mira el comprador: con prisa, sin pararse, comparándolo con los cinco que tiene al lado. Salimos sabiendo qué está haciendo que se pierda y qué está haciendo que la competencia se lleve la mano.
Antes de tocar nada, definimos por qué tiene que destacar tu producto frente al resto y cómo se va a conseguir. Cada decisión — color dominante, jerarquía de la información, dónde cae la marca — tiene un motivo concreto ligado a vender, no a "quedar bonito".
Diseño y entrego las piezas aplicadas: packaging, glorificadores, expositores, cartelería. Todo preparado para producción, sin manual interpretativo de por medio. Lo que llega a la tienda es exactamente lo que se aprobó.
El comprador deja de pasar de largo y empieza a coger el producto para mirarlo. Se ve en la rotación de la cabecera.
Dejas de tener que justificar internamente por qué la rotación no acompaña al presupuesto invertido en distribución.
El equipo comercial deja de oír "es que se pierde en el lineal" y empieza a defender la pieza con criterio.
El producto deja de depender de la promoción para moverse. Empieza a venderse a precio normal.
Dejas de aprobar piezas por gusto y empiezas a aprobarlas por criterio. Las reuniones de validación se acortan.
La marca deja de parecer una más dentro de su categoría. El comprador la identifica antes de leer la etiqueta.
La pieza no se aprueba en una pantalla. Se aprueba después de verla compitiendo con las que va a tener al lado en el lineal. Eso evita que llegue a la tienda y se pierda.
No se trabaja por gusto. Se trabaja por estrategia: por qué este color, por qué esta jerarquía, por qué esta posición de marca. Si no hay motivo, no entra en la pieza.
No te entrego un PDF de normas que después interpreta cada producción a su manera. Te entrego la pieza final lista para producción. Lo que llega a la tienda es lo aprobado, sin variaciones.
Dos semanas después, lo que recuerdan es una sensación de "estuvo bien". Si esa sensación no lleva pegado el nombre de tu marca, el evento ha funcionado para todos menos para ti.
Cuando el evento se diseña como producción y no como mensaje, deja de construir marca y se convierte en un gasto recurrente. Por eso aquí se trabaja al revés: primero qué tiene que recordar el asistente, después cómo se monta todo lo demás.
Una forma de diseñar tu evento pensada para que la empresa que hay detrás sea la única que el asistente recuerda dos semanas después, no para que las fotos queden bien en redes.
Antes de hablar de diseño, decidimos qué tiene que quedarse en la cabeza del asistente cuando salga por la puerta. Una sola idea concreta. Si no podemos ponerla en una frase, no se puede comunicar visualmente. Esa frase manda sobre el resto del evento.
Traduzco el eje de comunicación a un concepto visual concreto que aplica a todo: identidad del evento, escenografía, materiales del asistente, presentaciones, señalética. No son piezas que combinan entre sí — son piezas que cuentan la misma cosa.
Diseño y superviso la aplicación del concepto en cada punto de contacto con el asistente, desde la invitación hasta lo que se lleva en la mano al salir. El asistente entra en un evento donde todo le habla del mismo mensaje, sin disonancias entre piezas.
El asistente entra y entiende en treinta segundos qué marca lo organiza y qué quiere transmitir. Sin tener que preguntar.
Las presentaciones, la escenografía y los materiales hablan del mismo mensaje. Deja de notarse el "pegote" entre lo que dice dirección y lo que muestra el escenario.
El equipo interno deja de improvisar criterio sobre la marcha. Cada decisión visual ya está resuelta antes del montaje.
Dos semanas después, el asistente recuerda exactamente qué marca lo organizó y qué transmitía. No solo que "estuvo bien".
Dejas de medir el evento por número de asistentes y empiezas a medirlo por lo que se queda en la cabeza de quien fue.
Cada nuevo evento se construye sobre el anterior. La marca acumula reconocimiento en lugar de empezar de cero cada vez.
No se empieza por la escenografía ni por la identidad. Se empieza por una frase: qué tiene que recordar el asistente. Todo lo demás se decide a partir de ahí.
La invitación, la escenografía, las presentaciones y los materiales no se diseñan por separado. Se diseñan desde el mismo concepto, para que el asistente reciba el mismo mensaje en cada punto de contacto.
El concepto del evento no se queda en la sala. Cada decisión visual está pensada para que después se pueda recuperar en redes, en prensa y en futuros eventos. La inversión no caduca al apagar las luces.
Foto de Ana María
(pendiente)
He visto cómo productos buenos no se venden y cómo eventos bien planteados no generan interés. No por lo que son, sino por cómo se perciben. Ana María lleva años diseñando ese momento — el de la decisión visual — para marcas como Sanofi, Louis Vuitton, Chanel y Dior.
Su forma de trabajar no parte del gusto, ni de la tendencia. Parte de una pregunta concreta: en el momento exacto en el que alguien decide — un comprador delante del lineal, un asistente entrando al evento — qué tiene que ver, entender y recordar para elegirte. Toda la pieza se diseña hacia atrás desde esa respuesta.
[Nombre completo, años de experiencia y número de proyectos pendientes de confirmación]
No es un formulario para que te llamen a vender. Es una primera vía para entender tu caso y decirte si lo que estás buscando encaja con lo que aquí se trabaja.
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Si lo que necesitas encaja, te explico cómo se trabajaría tu caso, qué fases tendría y en qué tiempo. Si no encaja, te oriento hacia dónde mirar.
No se diseña solo para que te guste. Se diseña para que funcione.
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